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Diálogos del alma

IMG_3697Una de las cosas que me gusta resaltarles a los jóvenes de hoy es la importancia de decidir qué quieren de su camino. No es verdad que somos presas de las necesidades, sino que frecuentemente nos dejamos llevar por las urgencias y por lo que los demás pretenden de nosotros, en vez de adueñarnos de nuestra vida. Las decisiones que uno NO toma en cada paso que da, son tomadas por alguien más, alguien que decide por uno. Y después sentimos que la propia vida no nos pertenece, porque la fuimos entregando de a pasitos. Es por eso que esta nota que te comparto me gustó tanto. Ojalá te guste tanto como a mí:

Sentido del trabajo

Señor Sinay: ¿Para qué trabajamos? ¿De dónde sacar fuerzas para dejar de hacer lo que no nos gusta y ser felices con aquello que nos satisface, aunque no sea redituable?

Claudio Paderni

Re: La respuesta inmediata cuando se le pregunta a una persona para qué trabaja suele ser: “Para ganarme la vida”. La relación íntima entre trabajo y subsistencia se ha naturalizado. Pero detrás de la respuesta queda una nueva pregunta: ¿qué clase de vida? ¿Una buena vida o una vida buena? La primera se juzga mediante índices económicos y factores como ingresos, posesiones, capacidad de ahorro, tipo de ocio, acceso a bienes y movilidad. La vida buena, un tema clásico de la filosofía desde Aristóteles, tiene que ver, en cambio, con el desarrollo y la práctica de valores y virtudes, con la convivencia con el otro, la preocupación por él, la empatía, la comprensión, la compasión, la amistad, el amor, el logro, el legado. Es, como dice el filósofo inglés Anthony C. Grayling, autor de ¿Qué es lo bueno?, “la mejor vida humana en un mundo humano vivida humanamente”.

Trabajar es transformar. Los seres humanos, transformadores por naturaleza, dedicamos al trabajo un tiempo sustancial de nuestra vida. En el modo en que desempeñamos nuestra tarea se reflejan nuestros valores, nuestra actitud ante el semejante, nuestro modo de estar en el mundo y de dejar en él una huella que lo mejore o que lo empeore. Si el objetivo principal del trabajo, profesión u oficio que ejercemos es sólo una buena vida, podría ocurrir (y ocurre con frecuencia) que el fin justifique los medios. Cuando los fines de una tarea son sólo materiales y económicos, se suele perder la noción de límite y de cantidad. Corriendo detrás de las zanahorias que continuamente se ofrecen como cebos para mejorar (¿hasta cuándo, hasta dónde?) el nivel de vida hasta el punto en que ya no sabemos distinguir deseos de necesidades, es habitual que se termine trabajando para trabajar. Como hámsteres en la rueda sin fin, corremos sin llegar a ningún lugar, por muy lucrativa que sea la carrera. Y mientras tanto, al descuidar aspectos esenciales y no tangibles de la vida, crecen el vacío y la angustia existencial.

Pero si la prioridad es una vida buena, el trabajo puede ser una fuente que contribuya a alimentarla y un escenario en el que esa vida se manifieste. “Todo conocimiento es vano salvo cuando hay trabajo, y todo trabajo es vacío salvo cuando hay amor”, decía el poeta libanés Kahlil Gibrán. Trabajar con amor significaba para él “tejer el paño con hilos sacados de tu corazón, como si tu amado fuera a llevar ese paño, construir una casa con afecto, como si tu amado fuera a vivir en esa casa, sembrar las semillas con cariño y cosecharlas con alegría, como si tu amado fuera a comer las frutas, cargar todas las cosas que creas con un aliento de tu propio espíritu. Si cueces pan con indiferencia, cueces un pan amargo que satisface sólo la mitad del hambre”.

No siempre nos toca hacer lo que nos gusta, pero casi todas las tareas nos ofrecen la posibilidad de actuar como Gibrán proponía. Es decir, de encontrar en el trabajo (como el minero que profundiza en la veta) señales del sentido de nuestra vida. Podemos ser lo que hacemos hasta convertirnos en máquinas humanas, o podemos hacer lo que somos, poniendo en la labor (ya sea la de nuestra vocación o la que ocasionalmente nos toca) nuestros dones y valores. Trabajaríamos entonces para una vida buena..

Fuente: Diario La Nación

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Mateo Salinas, Gerente General.

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