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Siempre a destiempo

No hay caso, siempre voy a ser una persona con poco timing. Me lo dicen todo el tiempo mis compañeros de fútbol, sobre todo desde aquel día en que mi costumbre de llegar a destiempo terminó con un rival con el peroné fracturado a la altura del tobillo. Juro que fui a la pelota.
Me lo dicen también en el trabajo, donde hace rato perdí cualquier beneficio por puntualidad o presentismo y más de una vez tuve que aguantar, estoico, los sermones de mi jefe. Me lo dicen también mis amigos, porque en cualquier evento social somos los últimos en llegar. Y por lo general es mi culpa, no de mi mujer. Me acuerdo cuando una de sus mejores amigas cumplía 25 años y organizó un mega evento que arrancaba a las seis de la tarde. El marido de la homenajeada nos dijo a nosotros dos que el festejo era asado al mediodía y después le apostó a su mujer que, así y todo, no seríamos los primeros en llegar. Ganó la apuesta.

Mi propio hermano también sufrió mi falta de timing. En su casamiento, me agarró el día anterior y me dijo que no me había elegido para ninguna lectura porque temía que llegara tarde. Y como para no dejarme con las manos vacías, me pidió que leyera las intenciones, cosa de darme un poco más de margen. No llegué. Todo esto viene a que ayer estuve en el banco. Después de lo que comentaba el otro día (lo del técnico que siempre levantaba en peso a sus jugadores porque se gastaban el sueldo en autos antes de tener un techo), el asunto me quedó rebotando en la cabeza durante varios días. Lo hablé con mi mujer y nos decidimos a averiguar por algún crédito hipotecario. En el banco me atendió el mismo ejecutivo de cuentas que durante los últimos veinte meses me estuvo mandando, fácil, un mail por semana para venderme algún producto. Siempre arrancando con la misma frase: “Nicolás, no te pierdas esta oportunidad, mirá que me están por cambiar las condiciones, eh”. Y entre los productos que me quería adosar estaba el préstamo para una vivienda. Pero siempre le dijo que no.
Esta vez, en cambio, el que cayó con el caballo cansado fui yo. Y el ejecutivo aprovechó para hacerse el difícil durante los cuarenta minutos que duró la reunión. Que la cosa está difícil. Que de arriba les cerraron las líneas de créditos relativamente accesibles que había. Que los que quedan son sólo para unos pocos. Que si hubiera ido unos meses antes habría sido distinto. Otro que me echaba en cara mi falta de timing. Pero, muy animado, me dijo que sí estaba a tiempo para sacar un paquete por el seguro del auto y del hogar, o para llevarme una tarjeta de crédito platino con inmejorables condiciones. No gracias.
Salí del banco y me metí en un bar a tomar un café. Necesitaba ordenarme mentalmente y definir cómo sigue esto, cómo se hace hoy en este país para alcanzar el sueño de la casa propia. Así estuve durante una hora, tirando ideas sobre una servilleta, hasta que salí disparado porque tenía una reunión. Llegué tarde.

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Categorías:Comunidad, Eidico, Nico Rossi Etiquetas:
  1. MARIA CRISTINA
    18 octubre, 2012 en 2:12 PM

    PERO te felicito por haber construido una EXCELENTE RELACION CON TU ESPOSA… todo lo demás es secundario, y FELICITACIONES A TU ESPOSA. PORQUE SE VE QUE ELLA SABE ESPERARTE Y TE AMA

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